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"A través de la pintura, puedo crear mi propio mundo", conoce a Zohra, una joven afgana que vive en Quito

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“Cada vez que pienso en mi país siento miedo”. Zohra lleva cinco años en Ecuador, como refugiada afgana, y esa sensación es algo recurrente, pero halla paz en la pintura, su vía de escape.

Zohra es del norte de Afganistán y la memoria la lleva a esos días de nieve que también extraña.

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La joven, de 16 años, contó a Acnur que su padre  trabajaba para el Gobierno en Afganistán y "como funcionario tenía un puesto que convirtió a toda la familia en objetivo de los talibanes.

Uno de los hermanos de Zohra tuvo que abandonar la carrera de medicina porque el viaje de ida y vuelta a la universidad se volvió muy peligroso, mientras que otro, Hasibullah, huyó a la India”.

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La vida de Zohra y de su otra hermana estaba reducida al espacio de la casa. No pudieron ir más a la escuela y las visitas eran únicamente a la vivienda de una abuela.

La pintura es otro mundo, una pasión, para esta joven afgana. "Es difícil de explicar porque se trata de un tipo de sentimiento diferente que no se puede expresar con palabras", comenta. Foto: Acnur

Venir a Ecuador

Dejar de sentir miedo las 24 horas y decidir salir de Afganistán era necesario, urgente. Una luz al final del túnel vieron cuando su hermano que estaba en la India “ encontró ayuda para conseguir las visas de la familia para viajar a Ecuador”.

Estaba más cerca la “libertad” y el padre vendió todas sus pertenencias, incluidos su casa y auto, para reunir el dinero necesario para los boletos de avión a esta nación, unos 3.600 dólares por tiquete.

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“El viaje de 44 horas de duración implicó cambiar de avión varias veces y, aunque sus visas estaban en regla, las autoridades migratorias los detuvieron e interrogaron en distintas ocasiones durante el trayecto”, recuerda Zohra desde su apartamento en Quito.

En la capital ecuatoriana, la joven afgana vive con sus progenitores y 4 hermanos, reseña Acnur.

La vida en Quito de una refugiada afgana

Zohra con sus papás y hermanos. Foto: Acnur

El español debió aprenderlo para integrarse a la escuela. Adaptarse ha costado y mientras lo logra ha hecho de la pintura una vía para expresarse.

“En Afganistán, había recurrido al arte para imaginar una vida más allá de los confines de su hogar”. Para esta refugiada afgana, el arte “es otro mundo, un universo paralelo (…) A través de la pintura, puedo crear mi propio mundo”.

Dice que hace sus tareas rápido, aunque no les ve utilidad a muchas, para irse a pintar.

Colores para la vida

Zohra llegó a un programa extraescolar, "ejecutado por  la Fundación de las Américas (Fudela), una ONG local socia de Acnur, que ofrece a jóvenes clases de arte, así como un kit para que los participantes puedan pintar en casa".

Gracias a esta iniciativa, “Zohra acabó pintando varios murales en edificios de Quito, entre ellos, uno en el exterior del Centro de Equidad y Justicia Calderón que representa la montaña rusa emocional por la que pasan muchos de quienes se ven forzados a huir de sus hogares”.

“Quiero que la gente lo vea y que digan: ‘Alguien piensa en nosotros, alguien está ahí preocupado por nosotros y alguien desea algo mejor para nosotros”.

Las ganas de aprender no paran y por eso está decidida a hablar japonés, inglés y francés.

“Quiero pintar, y pintar, y pintar, y pintar”, dice al compartir su sueño de estudiar relaciones internacionales en una universidad de Canadá.

(E)

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