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Huberth Arias, visitante nocturno de la catedral cuencana

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Refugiado entre los arcos de la Catedral de la Inmaculada Concepción hace vibrar las cuerdas de su instrumento. Las viejas paredes de piedra le devuelven al violinista Huberth Dan Arias un sonido dulce e inspirado que repite canciones pop de varias épocas.

Para este costarricense, llegado hace pocos meses, el frío nocturno se esfuma cuando la vibración rompe el silencio.
A su alrededor son pocos los turistas y locales que se quedan, pero quienes lo hacen no pueden evitar dejar una moneda en el estuche que reposa en la acera.

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La serranía ecuatoriana es arte y Huberth lo entiende. "Yo tenía como destino Colombia, pero allá mi tiempo de estadía se terminaba. Para poder regresar luego, decidí cruzar la frontera hacia Ecuador y al llegar me he quedado encantado", recuerda el músico autodidacta en una pausa de su armónico recital.

Desde su llegada ha estado en Otavalo y Loja, de las que no deja de hablar maravillas. "La cultura indígena local es sorprendente, muy rica. Acá en Cuenca, el museo Pumapungo guarda mucha sabiduría", explica con sonrisa y curiosidad.

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La música para Huberth es vida y sustento. Por el día rueda por los restaurantes del Centro Histórico dando serenata. Luego de las 21h00, su violín y un pequeño parlante luminoso lo acompañan en la entrada del templo mayor.

La música clásica y el rock de los sesentas para delante son sus favoritos, pero a su cancionero está agregando sanjuanitos y ritmos de los países que visita.

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Salvador, México, Honduras, Cuba, República Dominicana lo han recibido, pero asegura que un pueblito de la serranía tricolor sería lo ideal para vivir. "Tengo el plan de viajar a Europa, trabajar muy arduo para poder regresar", indicó. No lo dice solo por la amabilidad que destaca de las personas, sino por una cosmovisión compartida con los pobladores originarios. (I)

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