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Especial Día del Padre: Wilmer Delgado vive la paternidad desde una mirada más madura a sus 45 años
Entre su primera hija y la más pequeña existe una diferencia de 24 años, lo que definió sus etapas en la forma de criar.
La llegada de un hijo, para un padre, puede volver a tocar la puerta en distintos momentos de la vida. Y cuando ocurre, después de años, viene cargada de memoria y nuevas oportunidades.
A sus 45 años, Wilmer Adrián Delgado Montalván ha transitado esa experiencia en más de una etapa. Su historia como padre comenzó a los 18, cuando aún cursaba estudios de Economía en la universidad.
La llegada de su primera hija, Estefanny -hoy de 27 años-, lo llevó a replantearse por completo su proyecto de vida. Dejó las aulas para incorporarse al trabajo y asumir, desde muy joven, la responsabilidad de un hogar. “Fueron años duros. Salía a las 03:00 o 04:00 y llegaba caminando a casa”, menciona al recordar su primer empleo como salonero. Aquella etapa estuvo marcada por el esfuerzo y la necesidad de sostener a su familia en medio de jornadas extensas.
Con el paso del tiempo, la familia creció. Llegaron Anahí, de 18 años, y Dana, de 14, consolidando un nuevo momento en su vida como padre, en la que las responsabilidades se multiplicaron y el ritmo de trabajo se mantuvo.
Varios años después, en su segunda relación, nació Fabiana, quien hoy tiene 3 años. Entre su primera hija y la más pequeña existe una diferencia de 24 años, un contraste que define las distintas etapas de ejercer la paternidad dentro de su misma historia. “Con mi primera hija todo era trabajo y responsabilidad. Con Fabiana, en cambio, vivo la paternidad de otra manera”, confiesa el agente de tránsito cuencano, quien actualmente combina turnos exigentes con tardes de parque, helados y risas.
En tanto, el vínculo con sus hijas mayores ha evolucionado. Las responsabilidades han hecho que la cercanía sea menos cotidiana, pero más profunda en los momentos que comparten.
Con la menor, en cambio, vive una realidad distinta. La infancia le ha devuelto dinámicas cotidianas que creía lejanas: juegos y momentos simples que hoy adquieren un valor renovado. “Ella me da vida”, comenta.
A ello se suma la presencia de su nieta Keyla, de 9 años, hija de su primogénita. Su llegada le ha permitido experimentar otra dimensión del tiempo familiar, aquella en la que observa cómo las generaciones avanzan y se entrelazan. Ser abuelo en su momento, reconoce, fue un giro inesperado y con un fuerte impacto emocional. “Uno no se imagina cómo pasa todo tan rápido”, reflexiona.
Wilmer reconoce que no todo puede recuperarse, pero sí resignificarse. Por eso, su presente está guiado por estar, acompañar y fortalecer los vínculos familiares en cada etapa, dentro de las posibilidades que le permite su vida laboral.
(I)
Momentos diferentes