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Ecuador

Esta es la historia de Danny Lema, el joven chimboracense que perdió a 11 familiares en el deslave de Alausí, que este 26 de abril cumple un mes

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ALAUSÍ / PRISILLA JÁCOME

El día que la montaña se llevó a su familia, él estaba a 107 kilómetros de distancia. Ese domingo 26 de marzo de 2023 , Danny Lema apuraba trámites universitarios desde el departamento que alquila en Riobamba por sus estudios en la Universidad Nacional de Chimborazo, donde cursa la carrera de Laboratorio Clínico.

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Era el coordinador de un grupo por una actividad académica y la designación lo hacía responsable de la documentación que demostrara lo hecho por él y sus compañeros en la jornada. En eso andaba a las 18:00, cuando la reportera de la estación Frecuencia Latina de Alausí que musitaba en el fondo captó su atención. La comunicadora, en una transmisión en vivo, advertía que en la ruta Riobamba-Alausí, cercana a la zona de su vivienda, había desprendimientos de tierra y rocas, situación que para ese momento ya era de conocimiento de las autoridades locales.

Danny, que había decidido quedarse ese fin de semana por la necesidad de acudir al día siguiente a su institución, atinó a llamar a Ariel, uno de sus tres hermanos en Alausí. Con él conversó sobre lo que acababa de enterarse. “Le pregunté: ¿estás viendo las noticias? porque yo veo que hay deslizamiento y rocas por lo que es Pircapamba. ¿Se han acercado a la casa a decir que evacúen o algo por el estilo?”, recuerda haberle cuestionado.

Su hermano, con voz apacible, le respondió que nadie había acudido, pero que probablemente no era de alarmarse. “Me dijo: ‘no te preocupes, esto no ha de pasar de un asentamiento en el sector de La Esperanza y El Palte’. Y aún así le dije: estarán pendientes, porque en el en vivo veo que hay deslizamiento”, asegura.

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La preocupación del menor de los hermanos, aunque a la distancia, radicaba en un episodio cercano y previo: solo una semana antes, tras el temblor de 6,8 del 19 de marzo, él mismo había sido testigo de una fisura en la zona montañosa.

Los pendientes académicos lo alejaron de su preocupación. Danny estaba inmerso en sus actividades y, aunque estaba atento de cualquier otra actualización en los medios de comunicación, no hubo más noticias o en vivos. En algún momento de la noche, la necesidad de contactarse nuevamente con Ariel surgió.

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Esta vez requería consultarle información sobre la universidad a la que ambos asistían. Recuerda la hora, eran las 21:16. “Le timbré y vi que no estaba conectado. No me contestó (la llamada) y estaba el teléfono como apagado. De ahí le llamé a mi otro hermano y tampoco; al siguiente, tampoco. Llamé a mi papá, que también tenía teléfono, tampoco; y llamé a mi sobrinito, que llevaba uno chiquito, tampoco. A mi cuñada, que era mi último recurso, tampoco. Yo estaba nervioso ya, algo pasó dije”, rememora.

Intentó nuevamente en la plataforma de la radio online de su tierra natal y ahí halló un nuevo en vivo, pero este contrastaba con el anterior. La comunicadora emitía alterada y al borde de las lágrimas lo que había sido la caída de tierra sobre casas en una zona de su pueblo, solo minutos antes del intento de contacto a su hermano.

El sector era imposible de determinar, en el fondo oscuro apenas y se podía divisar a la gente que gritaba, corría y pedía auxilio. Una escena apocalíptica incomprensible.

Danny, a más de dos horas de distancia y sin poder conseguir información, estaba histérico. Todos sus familiares no respondían sus llamadas y él no lograba saber si aquel deslizamiento había afectado o no a su hogar y a su núcleo cercano.

En sus intentos desesperados terminó llamando a un amigo de la infancia que respondió a la primera. Fue él quien le confirmó el evento que se transmitía por redes: le contó que se trataba de una zona afectada por un desprendimiento de tierra y que al sitio ya comenzaban a llegar personal de orden público.

“Me dijo que había bajado y que no estaba el (barrio) Nuevo Alausí, ni el estadio tampoco. Y del estadio hasta mi casa solo era una calle, por eso le pregunté: ¿sabes si mi casa está tan afectada? y me dijo que no sabía, que iba a ver. Pero uno mismo quiere ver”, dice recordando.

#Chimborazo
Continuando con las operaciones de búsqueda y rescate a causa del deslave producido en el cantón #Alausí, el día de hoy equipos especializados localizaron 01 cuerpo de sexo masculino de aproximadamente 07 años de edad sepultado.#FFAAContigo pic.twitter.com/lzRIQPk1Ta

— FFAAECUADOR (@FFAAECUADOR) April 25, 2023

Pánico y temor de camino a Alausí

Su desesperación solo tuvo algo de consuelo cuando un tío materno se puso en contacto desde Quito. Su pariente llamaba para pedir información de lo que se decía de Alausí, pero ante un sobrino sin mayor conocimiento e intranquilo, le prometió irlo a ver para transportarlo personalmente hasta su ciudad y así conocer los detalles de lo sucedido.

El joven de 23 años emprendió su salida desde Riobamba a las 03:30. Asegura que atinó a agarrar su cargador, su billetera, algo para comer y unas chompas para el frío. Aún no esclarecía del todo en Alausí cuando llegó a alrededor de cinco de la mañana.

Junto a su tío trataron de llegar hasta la zona más cercana a lo afectado, pero desde donde se encontraban no era posible divisar su barrio, ni dimensionar los daños. “Vi todito negro. Lo único que se veía eran las luces del puente peatonal (de la zona) que eran rojas y verdes; de ahí todo era oscuro. En mi mente sí dije: esto está grave. Mi tío solo me dijo: ‘chuta, mijo, no sé ni qué decirte’. Ya solo hay que esperar, ver, tener resignación y fe de que hayan avanzado a salir”, recuerda.

Danny llegó a la zona cero en compañía de un tío que vive en Quito. Foto: Prisilla Jácome

Con la pista de la cancha desaparecida y con las palabras de su tío, Danny temía lo peor. Aun así, una parte de él abogaba por la ilusión de ver al menos a un par de los suyos. “Yo solo tenía la esperanza de verle a Ariel, porque sabía que estaba jugando (fútbol). Dije, quizás él se salvó, está por el centro, porque de ahí sabía que el resto estaba en la casa. Yo sabía que él no paraba en la casa mucho, por eso tenía la esperanza de verle a él o a mi sobrinito porque tenían actividades deportivas”, repite.

Cuando consiguió acercarse a la zona cero, su optimismo desapareció. Logró divisar a los compañeros de cancha de su hermano, pero entre ellos no halló a los rostros que buscaba. “Estaban todos los compañeros de juego de Ariel. Yo traté de verle a él, pero no estaba. Todos estaban tristes, deprimidos. Yo bajé del carro tembloroso”, evoca, quebrándose.

Danny tuvo la certeza de que lo perdió todo cuando ingresó y vio con sus propios ojos el alcance del desprendimiento. Lo que antes había sido su barrio, junto a otros cuatro, se había convertido en una gran mancha marrón en la que con dificultad pudo reconocer lo que quedaba de su hogar. “No había ni casa. (La vivienda) eran dos bloques, uno donde estaba la sala, la cocina y un cuartito, que ya no había, y lo único que había del otro lado era una zona sin zinc, que era donde dormíamos con mi hermano y mis sobrinitos”, describe.

Aquello se quedó en su retina, pero no en el escenario de Alausí. Ahí la caída de tierra continuó hasta hacer desaparecer por completo lo que quedaba de la casa que habían levantado sus padres con esfuerzo. Ese lugar, al que llamó hogar, se había vuelto la última morada de once de los suyos.

Días de celebración

Antes de que la desgracia sucediera, los Lema González acumulaban éxitos. Danny relata que el lunes de esa misma semana su mamá, su papá, la novia de Ariel y él se encontraban en Riobamba por la ceremonia oficial de egresamiento de su hermano.

Estaban juntos por el joven de 24 años que no solo había culminado todas sus materias correspondientes a la malla académica de la Licenciatura en Pedagogía de la Actividad Física y el Deporte, sino que además había mantenido la beca con la que ingresó a la Universidad Nacional de Chimborazo (Unach).

Foto: Cortesía

Esa semana la comenzaban así, los cuatro escuchando a las autoridades de la ‘U’ dar la nota final de Lema González Ariel Graciano, oficializándolo como egresado de la Facultad de Ciencias de la Educación, Humanas y Tecnologías. Cuatro días después de esa cita, Danny regalaba a sus padres una nueva razón para inflarles el pecho.

Para el viernes, Juan Lema y Carmen González se hallaban en una nueva ceremonia de la Unach, pero esta vez por el evento de investidura de mandil del menor de sus cuatro hijos, quien se había hecho merecedor de la prenda, así como el resto de sus compañeros, por haber alcanzado el octavo semestre de la carrera de Laboratorio Clínico. Pero, además, Danny había sido escogido por su promoción para ser quien diera el discurso de aceptación y agradecimiento de esa jornada.

Recuerda no haber estado nervioso, solo rebosante y pleno, más aún cuando identificó una cara familiar entre el público. “Yo siempre que hablo (en público) tengo que ver la cara de una persona y la persona que vi fue a mi papá. Cuando comencé a hablar di las gracias a las autoridades, a los profesores y a todos los que estaban ahí y lo vi a él y me sonrió. La cara de mi papá es algo que me voy a llevar toda la vida. Era una cara de felicidad y de orgullo”, indica Danny.

Pero su papá no era el único emocionado, lo estaba también su mamá, quien lo demostró con un gesto hacia los presentes. “Dicen mis compañeros que mi mamá se había levantado y que a cada docente había ido a agradecerles. Hasta a la que estaba atrás de la cortina le había agradecido”, revela con una sonrisa triste.

El universitario se muestra agradecido con la vida por haberle permitido que sus padres estuvieran presentes en esa instancia de su crecimiento profesional. Sabe que es un regalo divino y lo toma como señal e impulso para seguir a pesar de la adversidad. “Ese mandil me va a servir para hacer mi último semestre. La rural va a ser con ese mandil bendecido”, expresa.

Pero es imposible para Danny no dividirse emocionalmente ante este recuerdo, porque también lo desconsuela, lo aflige y le provoca dolor. “Esa fue la última vez que tuve contacto con ellos. El mandil y todo está en una caja en Riobamba desde ese día. Está incluso la rosa que le di a mi mamá, que ya sé que debe estar seca y podrida por el tiempo, pero ahí debe estar”, afirma. Riobamba fue la última ciudad en la que estuvieron juntos, en la que se fotografiaron felices y en donde compartieron una cena hasta que dos días después pasó lo que pasó.

Promesa del pueblo

Ariel y Danny habían hecho felices a su familia durante esos días, pero el mes anterior, el pequeño Andrés también regalaba orgullo. El adolescente de 12 años, hijo de Xavier, el mayor de los Lema González, había sido figura destacada en una competencia deportiva de fútbol que se desarrolló en Quito.

El joven había jugado para Los Dioses del Fútbol de Riobamba, en representación de la provincia de Chimborazo, y triunfó. Se ganó la copa infanto juvenil y una distinción por sus destrezas en otra jornada deportiva en Alausí. “Mi sobrinito fue el que se llevó la tea olímpica, porque lo denominaron la estrella, la futura promesa del cantón. Era para las personas que lograban sobresalir en los eventos deportivos, no solo locales, sino a nivel nacional”, explica el tío.

Para ese domingo de tragedia, las razones sobraban para celebrar. A pesar de que las reuniones eran religiosas ese día, todas las semanas, la de ese domingo era especial. Era la excusa perfecta para que todos juntos en familia celebrasen los logros, las conquistas y las victorias de los Lema.

Por eso los jefes de hogar armaron una gran comida en su casa de Búa a la que terminaron asistiendo Xavier (38), David (30) y Ariel (24), hijos de los anfitriones, así como Juan José (7) y Andrés (12), hijos de Xavier; Helen (8) y Valentina (2) hijas de David, junto a su esposa Verónica (40); además de la abuela materna, Luz (80). Danny era el gran ausente. “Yo también hubiera estado ahí, pero por cuestiones académicas no bajé. (…) (Mis papás) me querían traer, pero dije que no podía por los trámites. Yo dije por qué voy a ir el sábado y luego el domingo regresar, mejor no gasto en ida y venida y mejor bajo el lunes después de hacer eso”, rememora su deducción.

Familia de Danny. Foto: Cortesía
Cuando Danny se halló frente a la zona cero recordó la reunión. Se imaginó la música, la algarabía y la felicidad en su casa, factores que para él fueron los mayores distractores de la realidad que se desprendía cerro arriba. Habría sido imposible que el deslizamiento que ocurría en lo alto de la montaña fuese más importante que la celebración, más cuando todos tenían tantas razones para sentirse afortunados.

Reencontrar a los once en Alausí

El día que se cayó la montaña en Alausí, Danny perdió a once familiares. Lo hizo de forma figurativa, pero también literal. Para él, el dolor de la muerte tuvo que ser sobrepuesto por la misión de encontrar a papá, mamá, tres hermanos, cuatro sobrinos, una cuñada y una abuela.

Por todos ellos su intención fue ponerse a trabajar de inmediato ese lunes que llegó. Corrió a la casa de un tío, recolectó las herramientas que más pudo y volvió a la ciudad con miras a cavar, pero una vez de vuelta a la zona afectada encontró vallas, policías y funcionarios que le impidieron el paso.

“Yo digo que el día lunes fue un día muerto. Nadie ingresó, no había maquinaria, recién estaban viendo la organización, el mapeo, los catastros, pidiendo información de las personas. Yo sentía impotencia porque no dejaban, ni hacían”, recuerda. Aunque la frustración lo sobrepasaba, se autollamó a la calma y a pensar una estrategia para actuar de forma rápida y contundente.

El martes 28, Danny estuvo a primera hora en la zona cero. Relata que la noche anterior había planificado una búsqueda más armada con amigos de infancia y primos que se habían ofrecido como voluntarios para comenzar a remover tierra y tratar de hallar a las personas faltantes. Su ímpetu era el mismo de familiares de otras víctimas que clamaban y hacían presión para ingresar y hacer.

El clamor de los dolientes fue mayor a la voz de las autoridades, que para ese día habían logrado conseguir excavadoras y volquetas para remover la tierra desprendida. “Estaban escarbando hasta la tarde y se llegó a tocar una base de concreto que era del patio de la casa y no había nada. No había rastros de animales, solo concreto. Y después llovió, el clima no favoreció, entonces se paró la búsqueda”, cuenta.

Con las condiciones climáticas y la ausencia de novedades, Danny estaba de vuelta en la casa de su tío, desanimado. Horas más tarde, mientras trataba de prepararse algo de comer, recibió una llamada en la que le anunciaron un hallazgo. “Me dicen: ‘encontramos un cadáver a la vuelta del río, casi por Sibambe, por un puente’. Han estado personas conocidas (de la familia) y me dicen que es tu papá, don Agucho. Ahí dejé de comer, me subí y vuela a Criminalística a identificar”, asegura. No había dudas, se trataba de Juan Agustín Lema Baqueros, de 57 años. El primero de los once en ser hallado.

Danny no tuvo que identificar el cuerpo de su papá, lo hicieron por él familiares cercanos. Para cuando estuvo con su progenitor nuevamente, él ya descansaba en un féretro, rodeado de velas y flores. “En ese rato solo me acerqué a la caja y me quedé un rato con él. Yo estaba roto, me dolía el corazón. Me acerqué a él y poco a poco pude tener paz interna. El corazón ya no me dolía, se llenaba de energía, como con un calor interno, porque al menos había encontrado a alguien. Era paz, tranquilidad estar con él. Pasé un buen tiempo ahí, creo que hasta me dormí”, comenta.

En la sala se quedó hasta el día siguiente como parte del ritual de velación hasta que fueron avisados de un nuevo hallazgo: la abuela de Danny había sido encontrada. Ella habría estado en la zona en la que fue su habitación, metros más abajo, cerca de la misma quebrada en la que fue descubierto el cuerpo anterior. El papá de Danny habría sido la pauta para considerar el paso estrecho como área de interés para las labores de búsqueda.

Reiterada pesadilla

“El resto de días fue como repetir el casete como disco rayado”, afirma el joven alauseño. Hallar a cuentagotas a sus parientes ha sido revivir la desgracia, el proceso de duelo y la despedida una y otra vez. Ha sido así conforme los ha devuelto la tierra y las manos voluntariosas: el viernes 31 de marzo, a su hermano David, a su sobrinos Helen y Andrés; el martes 4 de abril, a su hermano Xavier; el Sábado de Gloria, 8 de abril, a su mamá, Carmen; y el Domingo de Resurrección, 9 de abril, a su cuñada Verónica y a su sobrina Amber.

Nuestros esfuerzos no paran. En #Alausí seguimos trabajando articuladamente con instituciones de primera respuesta en la búsqueda y localización de víctimas.

Entre el fin de semana y hoy se han localizado 4 cuerpos. pic.twitter.com/6fD6Dc7ISY

— Bomberos Quito (@BomberosQuito) April 24, 2023

Nueve que ya han recibido una sepultura digna y dos a los que a Danny aún le falta por recuperar. La búsqueda sigue, a pesar de que 16 días han pasado sin novedad alguna.

El correr del tiempo, el cansancio de los voluntarios, la maquinaria descompuesta, el clima impredecible y el olvido del evento han hecho que completar su misión se vuelva cada vez más difícil. Aunque cuenta con la ayuda de un grupo de militares de su provincia que le apoyan en las tareas de rescate, ha visto como ha mermado su colaboración, de 45 uniformados al inicio a 15 en la actualidad.

No los reprocha, los comprende y por eso se encarga de su alimentación, de las herramientas y hasta del ‘purito’ con cigarrillos para el ‘mal aire’ con tal de que se mantengan en la zona cero para que le ayuden a hallar a los dos que le faltan, porque como único sobreviviente se ha impuesto la obstinada tarea de que todos descansen en paz. (I)

Ayuda para Danny

Para cualquier donación la pueden hacer a este número de cuenta que es personal de Danny Adrián Lema González
Banco Pichincha
Cta. Ahorro Número: 2203638745

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