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Expresiones artísticas encuentran escenario en distintas avenidas semaforizadas de Guayaquil

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Telón venezolano

No tienen un parlante, no es una prioridad. El marco musical lo pone el claxon de los vehículos, el rozar de las llantas contra el pavimento, las conversaciones aisladas y la imaginación. Lo único que les importa es su performance y para ello, Carla y Yorks cuentan con 30 segundos. Tienen que salir a darlo todo, pues de su efímera puesta en escena dependen sus ganancias del día.

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El amarillo da paso al rojo y suena un ‘acción’ imaginario. Ambos se trasladan al centro de esta pista de concreto. Con una sonrisa inmensa, que esconde cualquier problema personal o preocupación diaria, dejan salir su lado profesional. Están acostumbrados a dar shows, solo que en nuestro país han tenido que reemplazar los telones y las tarimas de grandes auditorios por la luz del día y la calzada. Específicamente, bajo un semáforo en la avenida de las Américas e Isidro Ayora.

"Yo soy bailarina de danza nacionalista de folclor venezolano. No trabajaba en la calle pero la necesidad nos trajo aquí", asegura la joven de 22 años que asevera que experimentó la calle por primera vez en nuestro país, cuando no les quedó a ambos otra opción de subsistencia.

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Carla y Yorks suelen bailar su danza folclórica venezolana en la avenida de Las Américas. Foto: Prisilla Jácome

Nuevamente la luz roja los llama al centro de una pista bicolor que comparten con peatones y vehículos. Se lucen en cada movimiento, aunque ya han perdido la cuenta de los cientos de veces que han puesto en escena su corta coreografía. Contabilizan que en octubre próximo cumplirán tres años en este puesto de trabajo que ha ido oscureciendo su tono natural de piel, pero del que están agradecidos, pues les ha dado lo necesario para poder salir adelante.

La idea nació del venezolano de 26 años, oriundo de Mérida. "Me encontré con un amigo aquí (en la ciudad) y me dijo que hacía esto en los semáforos, y fuimos a bailar break (dance), pero me di cuenta que las personas te apoyan más cuando ven algo diferente, así que se me prendió la idea", relata Yorks, quien afirma que convenció a Carla para usar bajo las señales de control de tráfico sus elegantes indumentarias con las que llegaron inicialmente a Guayaquil para representar a su país en un festival internacional de danza, en 2016.

Probaron suerte y acertaron. Aunque hoy ambos poseen oportunidades laborales esporádicas que mejoran su situación, consideran que su "trabajo fijo" está en este escenario gris, aún cuando el sol de esta urbe costeña no les de tregua.

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Melodía llanera esporádica

A pocas cuadras, otro foráneo ha convertido la vía en su proscenio. La iluminación roja vuelve a dar la pauta de inicio. Con solemnidad, Pedro quita de su cabeza el sombrero vueltiao que identifica su raíces y hace un gesto de venia, como lo haría en cualquiera de las suntuosas presentaciones a las que está acostumbrado. Sin embargo, en este caso, su público no está sentado en una butaca, a la expectativa de un espectáculo por el que pagó previamente; todo lo opuesto.

Los dedos comienzan a danzar por las cuerdas del arpa llanera que construyó con sus propias manos en solo seis días, pero no sorprende a su público con esta historia. Los 40 segundos que le permite el semáforo los invierte en ofrecer una melodía que tiene objetivos claros: captar la atención, agradar y conectar a tal punto de que el conductor o su acompañante desee abonar alguna moneda por su show fugaz.

El tema no es una elección sujeta a la casualidad, más bien corresponde a un análisis casi de nivel mercadotécnico. "Uno prioriza interpretar piezas que la gente reconozca para así ganar dinero. Si veo un adulto, o un abuelito al volante interpreto algo clásico; pero si veo a alguien más joven toco algo más actual", explica este colombiano de 29 años que en abril pasado estuvo de turista en el país y aprovechó para hacer algo de dinero durante un par de días.

Pedro aprovecha sus viajes como turistas en distintos países para que los lugareños disfruten de su música. Foto: Prisilla Jácome

Vuelve el rojo. Tras un ligero paneo visual y la venia respectiva, toma la decisión. El bailar de sus yemas esculpen La Pollera Colorada, una canción que parece flechar el interés de un conductor en cuya cabeza asoman cabellos platinados. El hombre sonríe y baja la cabeza en busca de algo que el artista interpreta como logro. Atina. El generoso mayor le regala una moneda al finalizar su breve espectáculo.

Este oriundo de San José de Guaviare es licenciado en Música de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá, forma parte de una agrupación musical colombiana denominada Los Reyes del Joropo y cuenta con su propio canal de YouTube en donde publica pistas llaneras creadas por él. Vive bien, pero la libertad de tocar al aire libre es algo que valora, por eso escogió la intersección de la av. Agustín Freire Icaza y la av. Isidro Ayora.

Pedro no se siente de menos tocando en la calle, más bien le recuerda a esas épocas en las que iba a peatonales, restaurantes o plazas a mostrar su arte. "Me gusta la reacción de la gente, que disfruten, que se den un poquito de tiempo para escuchar un instrumento que no se ve todos los días y mucho menos así de cerca porque generalmente lo vez en una orquesta sinfónica, no en la calle", dice e inmediatamente se prepara su siguiente presentación que durará medio minuto.

Un ‘break’ universal

Este miércoles de abril no amaneció lloviendo. En su lugar, un sol brillante amenaza con irradiar lo suficiente como para compensar los días oscuros de esta época invernal. El clima está de su lado, por ello dejaron sus respectivas viviendas en Trinipuerto, Socio Vivienda, El Cóndor y Monte Sinaí para ganarse el día con lo que saben y disfrutan hacer: bailar break dance.

La jornada empieza puntual, por eso todos madrugan al punto de encuentro del día, una gasolinera que se ubica diagonal a su ‘puesto de trabajo’. Carlos (22), Lahmer (27), Wilson (23) y Daniel (19) llegan alrededor de las 08h30. Una vez reunidos, los cuatro se saludan, conversan un rato y se alistan para comenzar a las nueve en punto. Uno alista la música, el otro tapa sus brazos con mangas largas y alguno se tapa las piernas con un calentador. Todo esto, mientras Daniel pasa el mismo tiempo dando forma a su frondoso ‘afro’, porque está "orgulloso de ser negro" y porque esta es su carta de presentación.

Una vez todos listos se enrumban a entretener bajo ‘su’ semáforo, uno que cumple su función en la avenida Juan Tanca Marengo y la avenida Rodrigo Chávez. Llegan, pero no se ponen en escena enseguida, comienzan una rutina de estiramiento porque deben evitar  fracturas o esguinces. Cuidar su herramienta de trabajo es primordial para su subsistencia, pues dependen de él.

Se miran y se ponen de acuerdo, están listos para la primera presentación del día. El semáforo en rojo les da paso y ellos aprovechan. Irrumpen en la avenida con gritos alegres y una melodía contagiosa que sirve de marco para que cada uno de los cuatro ‘haga lo suyo’, formando una coreografía que contagia buena vibra y que impacta hasta con saltos mortales. Transeúntes y peatones se sorprenden, pero no todos colaboran.

Cada uno del grupo de break dance tiene sus pasos que los distingue de los demás. Foto: Prisilla Jácome

A la espera del siguiente turno, aseguran que todos tienen alguna necesidad que cumplir en casa, pero afirman que no dejan que las preocupaciones los consuman. Se entregan de lleno a este arte que los hace sonreír y con el que buscan alegrarle el día a otros, aunque a veces su público les ‘pague’ con malos comentarios. "Un día un señor me llamó, bajó el vidrio y yo pensé que me iba a dar una moneda, pero me dijo que deje de estar en la calle, que busque un trabajo y se fue. Aprovechó la verde", relata Carlos una de sus no tan gratas experiencias.

Les molesta que las personas crean que ellos bailan por dinero fácil o porque no han querido conseguir empleo. "Somos bailarines y tenemos que aprovecharlo, primero por necesidad y segundo para que la gente se dé cuenta de que Guayaquil tiene talento, tiene gente que baila bien", asegura Lahmer con firmeza y con un español que denota que no es ecuatoriano, sino de Argelia. Él, con un masterado en Política a cuestas que no ha podido validar en el país debido a falta de posibilidades económicas, debe recurrir a esta, su segunda pasión. Todo con tal de llevarle lo necesario a su hija de cuatro meses.

Son una familia y eso les agrada. El baile los ha unido a los cuatro y a todo aquel que quiere compartir la ‘pista’ con ellos, aún cuando la bandera o el idioma no es el mismo porque el arte es así, universal. (I)

Datos:

  • Artistas suelen trabajar en semáforos entre cuatro hasta ocho horas.
  • Comentarios positivos y negativos reciben tras la puesta en escena, cualesquiera que esta fuese.
  • La necesidad de reunir recursos económicos suele ser el principal motivo para trabajar en la calle.
  • Jóvenes suelen reunir entre $ 10 hasta $ 25, dependiendo del día.
  • Las puestas en escena duran aproximadamente 30 segundos en todos los casos.

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