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Comunidad

Lee, aprende y come: la iniciativa que ayuda a niños vulnerables en Quito

Abel Hidalgo, conocido como “el Flako”, convirtió su negocio en un punto de encuentro para niños en condición de vulnerabilidad. Allí, la lectura forma parte de una iniciativa que busca alimentar el cuerpo, pero también abrir nuevas oportunidades.

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QUITO/Jessica Cruz

En una cevichería de Quito, un libro puede tener un valor distinto. Para los niños que llegan hasta el negocio de Abel Hidalgo, conocido como “el Flako”, terminar una lectura puede significar recibir un plato de comida y, sobre todo, encontrar un lugar donde sentirse escuchados.

La dinámica nació de una idea sencilla: acercar los libros a niños que tienen pocas oportunidades para acceder a ellos. Abel decidió incorporar la lectura dentro de su propio negocio y con el tiempo comenzó a ver cómo la propuesta cambiaba la rutina de algunos menores.

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No todos llegan con una mochila escolar. Algunos aparecen después de trabajar y llevan consigo cajas de mandarinas o bolsas de aguacates. Otros llegan con la ropa desgastada y las huellas de una jornada en las calles. Pero al entrar a la cevichería, la dinámica cambia. Los niños pueden sentarse, tomar un libro y dedicar un momento a la lectura.

De vender mandarinas a aprender a ahorrar

Entre las experiencias que Abel recuerda está la de unas niñas que venden mandarinas y aguacates. En una conversación, él les preguntó qué pensaban hacer con el dinero que obtenían de sus ventas. Las niñas respondieron que querían ahorrarlo.

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La respuesta llamó la atención de Abel porque esa decisión tenía relación con algo que habían leído. “Hay unas niñas que venden mandarinas y aguacates. Les pregunté qué iban a hacer con el dinero y me dijeron que lo iban a ahorrar porque así decía el libro. Ahí piensas: sí se está cumpliendo el objetivo”, contó.

Para él, ese momento demuestra que un libro puede dejar una enseñanza que va más allá de la lectura. Una historia puede convertirse en una idea que un niño aplica en su propia vida.

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La cevichería también se convirtió en refugio

La iniciativa también generó cambios en la forma en que algunos niños ocupan sus tardes. Abel recuerda a un menor al que considera muy inteligente. El niño comenzó a acudir a la cevichería para leer y después llevó a sus amigos.

La diferencia, según cuenta, está en lo que esos niños hacen durante el tiempo que pasan allí. “Ya no están haciendo vandalismo en alguna cuadra. Vienen con chancletas, con las medias rotas, pero dicen: ‘Vamos a comer un encebollado y luego vamos a leer’”, contó con orgullo.

La cevichería dejó así de ser solo un lugar para comer. Para estos niños también representa un sitio donde pueden conversar, compartir con otros y acercarse a los libros.

Una niña que decidió dejar atrás el “no puedo”

Otra historia marcó especialmente a Abel. Una niña tenía dificultades para leer y repetía que no podía hacerlo. Él le pidió que buscara una frase en uno de los libros y que intentara leerla en voz alta.

Después de ese momento, la pequeña hizo una promesa: practicaría, leería todos los días y dejaría de utilizar las palabras “no puedo”. Para Abel, esa experiencia resume parte del propósito de su iniciativa. La lectura no se queda en el libro cuando logra que un niño cambie la forma en que mira sus propias capacidades.

@el.flako.uio En el Flako ayudamos al mundo #flako #ayudando #CapCut ♬ El Día De Mi Suerte – Willie Colón & Héctor Lavoe

¿Cómo se sostiene la iniciativa?

El proyecto recibe donaciones de libros, ropa, útiles escolares y aportes económicos. Abel también insiste en que una persona no necesita grandes recursos para ayudar a los demás. “No necesitas estar al cien para ayudar. Comienza con lo que tienes. Yo nunca necesité millones para hacer este tipo de acciones”, afirmó.

Su mensaje apunta a que las acciones solidarias pueden comenzar con recursos pequeños y con la voluntad de compartir lo que cada persona tiene a su alcance.

Un plato de comida y una oportunidad

La recompensa para Abel tampoco se encuentra en reconocimientos o cifras. Está en las reacciones de los niños que regresan a la cevichería y buscan conversar con él.

“El que no vive para servir, no sirve para vivir. Ver que un niño te diga ‘te extrañé porque quería hablar contigo’ te cambia la vida”, concluyó.

En Quito, donde algunos niños todavía deben trabajar para aportar dinero a sus hogares, Abel Hidalgo encontró dentro de su propia cevichería una manera de combinar dos cosas que parecen distintas: alimentar y enseñar.

Aquí, una lectura puede abrir la puerta a un plato de comida. Pero detrás de esa recompensa existe una intención más grande: que los niños descubran nuevas ideas, aprendan, compartan y encuentren alternativas frente a una realidad que muchas veces los obliga a crecer demasiado pronto.

La iniciativa de Abel no nació con grandes recursos ni con una infraestructura destinada a la educación. Nació dentro de una cevichería y creció a partir de los niños que decidieron entrar, tomar un libro y quedarse a leer.

(I)

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